Yo también te sueño despierta,
con mi cabeza refugiada en tu pecho
y mis manos perdiéndose bajo tu espalda,
como si ya conocieran el camino.
Sueño ese beso en la frente:
protector, profundo, casi sagrado,
ahogado en un silencio que lo dice todo.
Y deseo que, cuando me leas,
puedas dibujar cada escena en tu mente,
porque yo las he vivido,
las he sentido, las he guardado,
como se guarda un amor que nunca fue
pero que ardió como si lo hubiera sido.
Un amor cobijado en la memoria de lo inexistente,
como quien delira y ya no distingue
entre lo soñado y lo real.
Aprendí de una anciana en Italia
a preparar raviolis caseros,
con manos marcadas por la historia
y el corazón fuerte de quien alimentó a muchos
en la Segunda Guerra Mundial.
Hoy los preparé.
Y cocinaste conmigo.
Había una copa de vino,
risas alrededor,
miradas cómplices que lo notaron todo.
Lo dijeron.
Se contagiaron.
Porque el amor —aunque invisible—
tiene presencia. Y se siente.
Bailé.
Amé.
Cociné.
Con un hombre
que quizá nunca tenga,
pero que en mi universo ya ha sido mío mil veces.
Hoy, por ti,
como una loca más,
deliré.
Y nunca te tendré,
porque aunque me pertenezca tu amor,
aunque me pertenezca tu esencia,
jamás será suficiente
si no tengo tu presencia.
Porque el amor puede sentirse,
puede respirarse en la distancia,
puede habitar los pensamientos
y dormir en la memoria…
pero sin tu presencia
se vuelve eco,
se vuelve sombra,
se vuelve un suspiro suspendido
que nunca termina de tocar la piel.
Y yo no quiero solo tu esencia,
no quiero solo lo que imagino,
no quiero solo lo que sueño.
Te quiero tangible.
Cercano.
Real.
Pero aun así,
aunque no te tenga,
aunque nunca te tenga,
sigues viviendo en mí
como lo imposible que más he amado.
Y cuando logre tenerte,
no me conformaré con solo retazos.
No aceptaré migajas de tiempo
ni fragmentos de tu presencia.
No quiero amarte a medias,
ni sostener apenas sombras de lo que podríamos ser.
Si llego a tenerte,
te querré entero,
sin pausas,
sin límites impuestos por el miedo,
sin despedidas disfrazadas de paciencia.
Porque un amor así
no nació para ser pequeño,
ni para sobrevivir en pedazos.
Y yo…
yo no sé amar en fragmentos.
Pero tampoco pediría más,
porque soy incapaz de herir a los nuestros.
No sabría construir mi felicidad
sobre lágrimas ajenas,
ni sostener nuestro amor
si para hacerlo
tuviera que romper otros abrazos.
Hay amores que arden,
que laten con fuerza indomable,
pero también existe la conciencia,
esa voz suave que recuerda
que no todo lo que se desea
debe tomarse.
Y aunque te quiera entero,
aunque mi alma te nombre en silencio,
no sería capaz
de sembrar dolor
para cosecharte a ti.
Porque amar también es saber
cuándo detenerse…
aunque duela.
Y cuánto me duele…
Cuánto duele esta conexión perfecta
de amarnos
y no tenernos.
Cuánto duele saber
que el amor está,
que existe,
que vibra limpio y verdadero,
pero no puede habitar el mismo espacio.
Duele que ya no elegimos solo por nosotros,
sino por nuestro legado.
Por los nombres que nos llaman,
por las manos pequeñas que nos sostienen,
por las historias que ya comenzaron sin dar paso a este amor.
Duele ser adultos.
Duele ser responsables.
Duele entender que no todo lo que late fuerte
está destinado a quedarse.
Y aun así…
esta conexión sigue intacta,
como un hilo invisible
que no se rompe
aunque decidamos no cruzarlo.
Porque hay amores que no se viven,
pero se sienten para siempre.
Cuando veo Titanic siempre vuelvo a llorar…
Porque sé que Rose DeWitt Bukater vivió. Tuvo compañía.
Envejeció con dignidad.
Pero en el fondo…
nunca volvió a amar como amó a Jack Dawson.
Y eso es lo que rompe.
No la tragedia del barco.
No el océano helado.
No la despedida en el agua.
Lo que duele es saber
que hay amores que suceden
una sola vez en la vida.
Amores que no se repiten,
que no se reemplazan,
que no admiten comparación.
Rose siguió viviendo,
pero una parte de ella quedó suspendida
en aquella proa,
con los brazos abiertos,
creyendo que el mundo era infinito
porque lo miraba con él.
Y quizás eso es lo más humano de todo:
Que se puede seguir adelante.
Que se puede cumplir.
Que se puede sonreír.
Pero hay un amor que se convierte en medida de todos los demás…
y nadie vuelve a alcanzar esa altura, nuestra altura.
Por eso lloro, quizás tú lloras.
Porque entiendes.
Porque sabes que vivir no siempre significa volver a amar de la misma manera.